Lavanda, o mejor, espliego

La palabra "lavanda" me trae a la memoria la colonia que me ponía mi madre para ir al cole "La banda inglesadegal" en botellas de un litro; mucho más tarde descubrí que la planta de lavanda era (aunque no exactamente) aquel espliego  de cuando me iba a jugar en verano entre los montones de su paja desechados del alambique que extraía su esencia junto al arroyo de mi pueblo, Pastrana. Huelga decir que ese recuerdo es más olores que imágenes por mi edad entonces y por la desmesura olfativa del ambiente; casi creo que lo soñé en vez de vivirlo, aún así mi mente siempre asociará aquello con los veranos de la niñez.

Mi nuevo fondo de escritorio.



Cosas de Internet: cuando hace un tiempo se hablaba de campos de lavanda seguro que se pensaba -y se piensa- en esos maravillosos fondos de pantalla con imágenes de la Provenza. Por mis recuerdos siempre he pensado que los franceses lo que hicieron fue industrializar la humilde producción del alambique sustituyendo los hatos de aquella hierba silvestre recogidos en el campo y cargados en mulas por explotaciones agrícolas en toda regla y destilerías dignas de J&B, de Cocó Chanel, más bien. 
¿Por qué no hacerlo aquí? Al fin y al cabo el espliego es casi el emblema de la Alcarria, con permiso del tomillo y el romero. Dicho y hecho: por ahí ya hay empresas que cultivan grandes extensiones y aprovechan el tirón de la mercadotecnia gabacha para decir que en mitad de Castilla se puede disfrutar de la misma experiencia que en el sureste francés. Hasta hacen festivales nocturnos a los que tienes que ir de blanco a escuchar a algún cantaor flamenco mientras sientes la transustanciación con la Madre Tierra, el Padre Sol y la Hermana Luna, todo ello pasando religiosamente por caja y regado con gin-tonics de ginebra premium, que lo New-Age no quita lo valiente. Cuando se descubra el potencial del tomillo aceitunero esto será un sindiós.
Hablando de pasar por caja, os cuento: 
Tenía ganas de acudir allí cámara y trípode en ristre para no ser menos y fabricarme mi propio fondo de escritorio de Windows, que para eso me he gastado un pico en el equipo y bastante poco lo uso; monté en mi coche y llegué al lugar con la mosca detrás de la oreja tras haberme cruzado con más vehículos por la carreterilla que llega hasta allí que por la N-640 entre Benicassim y Castellón, teniendo en cuenta que marchaba entre dos pedanías que no llegaban a cien habitantes estaba claro que el único origen de ese tráfico tenían que ser los campos de marras. Y así era. Aquello parecía la batalla del Somme solo que en vez de desdichados soldados británicos, franceses y alemanes estábamos una caterva de turistas bien duchados y almorzados tirando nuestros buenos coches en las embarradas cunetas de la carreterilla en cuestión. 
- Menos mal que no nos trajimos el Audi, que si no te da un ataque, ¿eh, papá? - Oí decir a un chaval que se bajaba de un Mercedes todoterreno mientras me fijaba en la cinta con carteles de "Respete los campos de lavanda - Respect the lavender fields" que bordeaba la plantación junto a la carretera, lo cual me pareció bien teniendo en cuenta que hay cafres que también tienen Audis y Mercedes. 

Vale, no parece una batalla de trincheras, pero gente y barro había.
Llegué al rústico y cool tenderete de alpacas de paja con carteles de "Punto de información" y pasé la cinta seguro de no necesitar información alguna y ver que ya lo había hecho bastante gente. Allí me salió al paso un paisano con su reglamentario chaleco reflectante "seguro que me dice que tenga cuidado con las plantas" pensé como un pardillo.
- Si quiere hacer fotos - me dijo mirándome del trípode a la cámara - tiene que pagar dos euros y le pongo una pulsera o si no hágalas desde fuera.
- Gracias, buenas tardes - contesté con la sonrisa más forzada y con más mala hostia de mi vida.
Y me largué de allí acordándome de ese madrileño aficionado a la fotografía que ha tenido que pasar por el aro después de ciento y pico kilómetros, y sabiendo que yo iba a estar más tranquilo -totalmente tranquilo- en los campos que había visto por el camino, igualmente bellos, gratis todo incluido sin necesidad de pulsera. 
Disfruté de mi comunión con Gaia en vaqueros y camiseta azul afotando los campos escuchando al atardecer el zumbido de miles de abejas y al anochecer a los gamos y los sapos que salían del barro al calor tras las tormentas.
Los gin-tonics, de vuelta en casa procesando las fotos y sin flamenco, que no me gusta. 

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